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La danza de las hojas…

con el viento silbando alto…, gélido y seco; su pureza anima a las hojas  a interpretar un papel de bailarinas alocadas…, se caen y se levantan al compás de su música…, empeñadas en acariciar  los cuerpos de los transeúntes que pasean entre los árboles centenarios teñidos de ocre, guardianes indiscutibles del Paseo de los Plátanos.

 

Camino contagiándome de sus contoneos; alzo mis brazos e intento seguirlas en vano.

Cruzo la travesía y me apresuro a contracorriente por la calle paralela al arroyo del Gollizo, quien  suma su leve rumor a los acordes del viento.

¡Ahí están ellas! Inmensas, calladas y discretas …, las más longevas de España…, las que antes alimentaron a la multitud y … ahora son ahogadas por el entorno que ellas mismas parieron.

Sí… las fábricas de bronce, las eternas Reales …, las que pasan desapercibidas ante la mirada de los visitantes de Riópar, siempre atraídos por el exuberante verdor de las interminables montañas que enmarcan el municipio.

Me asomo al abismo de sus luminosas galerías provistas de tragaluces y ventanas carcomidas…, sujetas en techos, paredes y armazones manchados de gris…, parapetos que limitan con los patios encarcelados donde ya no quiere entrar el sol.

Dejo escapar mis pasos por el cemento desgastado, aquí yacen las reliquias industriales musealizadas con pequeñas esquelas para dar detalle de lo que vemos.

Reviso algunas de sus estancias  congeladas en el tiempo…

Se exhiben libros dilatados, contables mudos de pergamino grueso, …manuscritos intachables adelantados a la máquina de escribir que, aburrida, descansa en el escritorio cerca de la chimenea.
Su laboratorio…, bien organizado…, repleto de pipetas, probetas, tubos de ensayo…, frascos de cristal vasto que atesoran pócimas caducadas, nacidas de fórmulas bien pagadas y secretas en tiempos pretéritos.

Vuelven las hojas…, ahora son jinetes de tropas imperiales descargando su ira contra los frágiles y resquebrajados vidrios traslúcidos, filtradores de luz.

Pregunto por mi paraguas rojo…, lo olvidé en este museo tras la última nevada  del invierno pasado; un brazo amable y honesto se extiende y me devuelve lo que ha sido la excusa de mi visita.

Me asomo a la calle y procedo a desandar mis pasos…

Entre los rústicos y casi desnudos ramajes distingo a los autores del griterío conformador del bullicio…, lo propio de una escena con niños a puertas de la navidad, jugando … en un parque sombreado por el fantasma del comedor social de la fábrica,  que un día fue.

Dejo a mi espalda  las naves recostadas en la memoria de unos pocos, adormecidas en el anhelo de otros, y resignadas por la fuerza al olvido,  mientras  …, se entretienen con la nana interpretada por el viento…, en un intento de acunar las hojas, … cansadas ya de su danza.

 

“Río Mundo”… una maravilla subterránea

El patio de las flores

Autora: Carmen Jiménez